Hamartía
Hamartía es una palabra en griego antiguo desarrollada en la Poética de Aristóteles. En la Biblia este vocablo es utilizado cientos de veces. Su significado hunde sus raíces en la noción de “errar en el blanco”. O dcho de manera sencilla: “fallar”.
La hamartía se refiere a un “error trágico” en el que incurre la persona que intenta hacer lo bueno en una situación en la que es imposible hacerlo. Pero además, la hamartía alude a algo mucho más profundo; a una debilidad, un fallo, un “defecto en el carácter” de la persona que lo condena a cumplir un destino fatal.
El apóstol Pablo lo expondría de la siguiente manera: (Rom.7:18-23)
Porque yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza débil, no reside el bien; pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer. Ahora bien, si hago lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino la hamartía que está en mí. Me doy cuenta de que, aun queriendo hacer el bien, solamente encuentro el mal a mi alcance. En mi interior me gusta la ley de Dios, pero ven mí algo que se opone a mi capacidad de razonar: es la ley de la hamartía, que está en mí y que me tiene preso.
El mundo se ha encargado de lanzar sobre tu vida profecías que anuncian un destino fatal. ¿Y cuántas veces has creído en estas profecías y actuado en base a ellas? ¿Cuántas veces has creído al mundo cuando te ha dicho que no vas a lograrlo, que no vas a alcanzarlo? Si prestara mis oídos a las profecías del mundo tendría que creer que si naciste pobre, pobre te vas a quedar; que lo único que puedes esperar en esta tierra es una vida de sufrimientos, de tristezas, de decepciones, de fracasos. Tendría que creer que las cosas no van a mejorar que todo va de mal en peor y que ya no hay esperanza para este mundo.
¿Cuántas veces tu visión no ha sido nublada por las profecías que el mundo ha lanzado sobre tu vida? Y has pensado que las cosas están tan malas que nadie se salvará, que nadie podrá salir adelante, que tú no podrás salir adelante. Qué eres muy viej@ o muy joven o muy pobre, que la situación está muy mala para emprender y para terminar lo que antes empezaste… Qué la oportunidad se te pasó… Qué no eres lo suficientemente fuerte, inteligente, guap@, hermos@… Qué sin duda tu destino es estar sol@… Qué Dios quiere que estés enferm@ y que esta enfermedad te va a llevar… Qué tus hij@s están condenad@s a cometer los mismos errores tuyo, y tú a cometer los de tus padres… Qué tenés que conformarte con la vida que llevas…
Muchos hombres de Dios se sintieron de esta misma manera, Moisés pensaba “yo no puedo hablar”; y Jeremías “yo soy pequeño”; y Gedeón se decía “pero yo soy pobre”; y se preguntaron ¿cómo cumpliremos el propósito de Dios? Abraham se decía “soy muy viejo, tengo casi 100 años y mi esposa casi 90” y a Sarah le parecía hasta graciosa la idea de que a pesar de su condición y las circunstancias de su vida Dios podría hacer algo milagroso, algo que cambiaría radicalmente su vida… Pero Él lo hizo!…
Quizás tú te has sentido como atrapad@, prisioner@ de un destino fatal, marcad@ por profecías que el mundo ta ha anunciado y que son como cadenas que te impiden moverte. Pero recuerda que la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley de la hamartía y de la muerte (Rom.8:2). Jesús rompió las cadenas que ataban tu vida y te hizo libre del destino fatal. Te dio una nueva oportunidad, una oportunidad de cambiar tu vida y de vivir una vida plena, una vida abundante, una vida de victoria.
Pues yo sé los planes que tengo para ti, planes para tu bienestar y no para tu mal, a fin de darte un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo. (Jer.29.11)




